Colombia

El coronavirus, la crisis que se nos viene y algunas ideas para combatirla frente a las ilusiones «libertarias»

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Por primera vez en casi siete siglos (si se tiene en cuenta las crisis provocadas por la explosión de la llamada “peste negra” en el siglo XIV), el mundo se enfrenta a una crisis económica que no ha provocado el mercado o la excesiva regulación, sino una pandemia que nos recuerda qué tan pequeños somos ante la inmensidad de la Naturaleza (si es que esto se ha derivado de la naturaleza, que aun no está muy claro).

Desde el siglo XVII hasta el presente, ha existido un debate persistente entre los partidarios de un Estado omnipotente (Leviatán al decir de Hobbes o en el estilo leninista-stalinista-maoísta) y el “laissez faire, laissez passer” absoluto. En medio de estos extremos existen muchas variantes que ninguno de los dogmas extremistas suele considerar.

El desarrollo del capitalismo industrial a lo largo del siglo XIX se encargó de enterrar el llamado “sistema mercantil” de los Estado Absolutistas, mientras que el fracaso de las economías centralmente dirigidas se hizo evidente en el derrumbe del llamado “sistema socialista mundial” entre 1989 y 1991.

Mientras tanto, en el capitalismo desarrollado del siglo XX se mantuvo vivo el debate acerca de si el Estado tiene un papel en la economía o no, y si lo tiene cuál debe ser. Ese debate encontró en el economista inglés John Maynard Keynes (1883-1946) y el economista austriaco, nacionalizado británico, Friedrich von Hayek (1899-1992) a sus máximos exponentes intelectuales. No voy a extenderme en los vericuetos teóricos del debate, debido a que aburriría a los lectores no economistas. Simplificando, podría decirse que el primero defendía la idea de que el sector público era necesario en la economía moderna para estimular la demanda efectiva a través del uso de resortes de la política monetaria y de la política fiscal, mientras que el segundo era partidario de la acción irrestricta de las leyes del mercado. Keynes, a partir de su visita a la URSS en 1925 consideró los esfuerzos de planificación, si bien, tuvo claro que resultaba imposible e incluso absurdo intentar la planificación a nivel microeconómico. Además, criticó el totalitarismo y el dogmatismo de la “nueva fe” comunista. Sin embargo, su polémica con Hayek, se concentró en la idea que ambos tenían acerca del papel del Estado en la economía. Hayek, representante de la “Escuela Austriaca”, por su parte, era partidario de que el Estado no tuviese ninguna intervención en la economía porque ello podría traducirse en consecuencias nefastas para la economía (Wapshott, 2011: 122). Años después, en 1944, Hayek publicó su famosa obra The Road to Serfdom, en la realiza una crítica al socialismo como sistema económico, pero que él mismo define como “libro político” (Hayek, 1944 [2006]: 21).

Claramente, una cosa es el socialismo “realmente existente” en aquellos tiempos, con su economía centralmente dirigida y su sistema político totalitario y otra muy distinta es una economía mixta en la que un Estado democrático y social de derecho tiene unos resortes de regulación a través de la política económica para “corregir las fallas del mercado” y un mercado que pueda funcionar con la suficiente libertad para asegurar la asignación de recursos de una forma cercana a la eficiencia.

Desde el siglo XIX se sucedieron diversas crisis económicas cíclicas en las que los Estados no solían intervenir y éstas funcionaban como especie de “mecanismo de ajuste” si nos atenemos a una especie de “darwinismo económico”. Los productores y banqueros que no podían resistir la competencia, se arruinaban, con ellos sus trabajadores y los ahorristas que depositaban sus recursos en dichos bancos. Pero solo hasta 1873 no existió una crisis lo suficiente fuerte y global como para hacer tambalear los cimientos mismos del sistema capitalista. Y el sistema reaccionó, como siempre ha hecho, adaptándose a las nuevas condiciones para evitar nuevos golpes y los grandes capitales encontraron la forma de competir pero también cooperar, mediante acuerdos oligopólicos, y ello trajo como consecuencia la aparición de las grandes corporaciones industriales y financieras, que en el caso de los Estados Unidos tuvo su máxima expresión en las familias Rockefeller, Morgan, Mellon, Ford y otros. El capitalismo industrial había dado paso al capitalismo financiero, al decir de Rudolf Hilferding. El capitalismo de libre concurrencia había dado paso a un nuevo capitalismo, en el que las grandes corporaciones industriales y financieras, controlaban un mercado oligopólico en el que mediante acuerdos, a veces públicos y otras veces ocultos (para evadir las leyes anti-Trust) podían disponer de información asimétrica y gracias a ello y a su posibilidad de imponer precios, obtener ganancias extraordinarias.

La Gran Depresión demostró la incapacidad del mercado para afrontar una crisis financiera de grandes proporciones, desatada entre muchas razones por la irresponsabilidad y la avaricia. Es decir, el motor mismo del capitalismo, la búsqueda de la maximización de ganancias, había desatado la debacle. Al desplome de las bolsas, que habían crecido de forma apoteósica, siguió la quiebra de las empresas, luego de los bancos, la ruina de los ahorristas, el aumento descomunal del desempleo. Ninguno de los grandes capitalistas se hundió en aquella crisis. El presidente republicano de entonces, Herbert Hoover, siguiendo la sugerencia de su amigo Thomas Lamont, decidió mantener la ortodoxia presupuestaria, con la confianza absoluta en las fuerzas del mercado. Por eso, los que tuvieron que montar “chabolas” en el Central Park de New York, le llamaron a aquellas viviendas improvisadas “Hooverville”. Y precisamente por no hacer nada es que Hoover fue derrotado en las elecciones de 1932 por el demócrata Franklin Delano Roosevelt, quien le ofrecía a los estadounidenses un “New Deal” que se resumía, entre otras cosas, en intervención del Estado en la economía, regulación de la banca, creación de los seguros sociales, seguros a los depósitos bancarios hasta determinada cantidad de dinero, inyección de dinero a la circulación para estimular la demanda efectiva, inversión pública a través de obras públicas para impulsar el empleo y por tanto, la demanda efectiva. Luego, Keynes lo explicó en su “Tratado general sobre la ocupación, el interés y el dinero (1936)”, al considerar que la ineficiente demanda efectiva resultaba una causa fundamental de las recesiones y para evitar la recesión, se debía usar la política económica anti-cíclica, es decir que contrarrestara el ciclo. En la aplicación de su política económica, Roosevelt debió enfrentar a una Corte Suprema de Justicia conservadora, que declaró inconstitucionales algunas de las leyes, por considerar que “limitaban” las libertades.

En Alemania, por otra parte, la crisis produjo el derrumbe de la llamada “República de Weimar” y condujo, primero a la victoria electoral de los nazis, y luego a la imposición de un régimen totalitario en el que se estableció un Estado corporativista de tipo fascista en el que Hitler encontró un muy buen acomodo con los grandes capitalistas para que estos sirvieran los intereses expansionistas del nazismo, mientras gozaban de la protección total del Estado para asegurar la maximización de sus ganancias. Pero las “recetas” de Hitler fueron parecidas: elevación del gasto público, carrera armamentista, política monetaria expansiva, a lo cual se le sumó el robo de las propiedades del pueblo judío, el control de cambios y un férreo proteccionismo comercial.

En el caso de Estados Unidos se sobrevino una nueva recesión, mucho más leve en 1937-38 y en el caso de Alemania la recuperación fue significativa, a costa de la supresión total de las libertades, la represión violenta de la oposición y laa expoliación el exterminio de la población judía. Por contraproducente que parezca, para una economía tan poderosa como Estados Unidos, fue el estallido de la guerra lo que permitió una recuperación total de la economía.

Después de la guerra, las economías europeas quedaron destrozadas. ¿Qué las revivió? El Plan Marshall y las políticas gubernamentales de recuperación inspiradas en el expediente keynesiano de política económica. Ello significó la construcción de Estados mucho más democráticos con economías que ellos mismos llamaron “social de mercado” (término que acuñó Ludwig Erhard, entonces ministro alemán de Finanzas y luego Canciller Federal), basados en importantes consensos sociales y políticos para el logro de políticas de crecimiento económico con fuerte protección social. Especialmente exitoso fue el llamado “modelo escandinavo” que ha colocado a estos países en la cúspide mundial en términos de desarrollo humano.

Estas políticas permitieron una “época dorada” en la economía mundial con fuerte crecimiento económico, escasas y localizadas recesiones y sobre todo, un mejoramiento significativo del nivel de vida de los ciudadanos de países desarrollados que, por supuesto, no se extendió a las naciones subdesarrolladas, entre otras cosas porque fueron incapaces de crear instituciones inclusivas y de adoptar políticas de desarrollo económico y social efectivas. Esta etapa de crecimiento expansivo se frenó con las sucesivas crisis motivadas por la debacle del sistema monetario internacional de Bretton Woods y la crisis del dólar en los años 1969-71, las crisis petroleras de 1974-75 y 1979-80 y la crisis de la deuda externa de 1980-82.

En “Los felices años noventa”, el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz explicó que las políticas desreguladoras que apuntaron a desmontar el arsenal de política económica establecido por el New Deal y por las políticas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, llevaron a las nuevas crisis financieras, de las que la de 2008 resultó especialmente grave. Nuevamente, hubo que apelar al expediente de intervención para salvar a la economía de una debacle motivada, nuevamente por la irresponsabilidad y la codicia. Nuevamente, el mercado no fue capaz de restablecer los equilibrios perdidos por el desplome de la actividad económica.

Si somos suficientemente responsables, es necesario reconocer que estos son tiempos de guerra. No es una guerra con fusiles, aviones, submarinos, cañones o tanques. Es una guerra contra un virus, con una muy fuerte capacidad de replicación, que se ha convertido en una pandemia. Las consecuencias para la salud humana y para la vida ya son claramente contabilizadas, más de 16.000 muertos al día de hoy y la cuenta sube. La necesidad de combatir el virus con el aislamiento humano tendrá efectos muy nocivos para la economía global y por supuesto, también para Colombia. Muchas personas quedarán o ya están desempleadas; se contraerá la actividad económica en diversos sectores de la economía, tanto en la producción como en los servicios; se romperán cadenas de pago que harán temblar al sistema financiero.

¿Puede el “libre mercado” ser capaz de asegurar, a través de los precios, el restablecimiento del equilibrio y la reactivación de la economía? Absolutamente, no. Pero esto hace parte de la ilusión de los llamados “libertarios”, ciegos seguidores de fe de los preceptos de la Economía Austriaca y adoradores de sus tótems ancestrales, Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek, por solo mencionar a los más conocidos inspiradores de esa corriente de pensamiento.

La Escuela Austriaca representó una importante contribución al pensamiento económico cuando hizo énfasis en la importancia de la utilidad como criterio para considerar el valor de los bienes, pero su absolutización de ese principio los llevó al absurdo de despreciar los elementos objetivos que es necesario considerar en la determinación del valor y también son reconocidos por su introducción del análisis marginal en la Economía y por el análisis de los equilibrios parciales y del equilibrio general. Pero más allá de la discusión académica y de la polémica en torno a conceptos tales como valor, precio, productividad, etc, la ciega adoración de los “libertarios” de hoy a esta escuela de pensamiento, de lo que se trata aquí, como decía Hayek, es de una cuestión política.

En Colombia esto se ha traducido en proponer que en medio de la crisis a la que vamos directo y sin parada, el mercado siga funcionando como si nada pasara, para ellos el mercado sigue “leyes naturales” y si los precios de artículos que escasean artificialmente por el pánico suben está bien que suban (parece no importarles que ese no es un mercado funcionando adecuadamente y que al producirse demandas artificiales estos productos pueden quedar por fuera de las posibilidades de las personas de menoress ingresos), para ellos ese aumento de precios es una “información para que decidamos en qué gastar nuestro dinero”. Al parecer, no se enteran de que la economía que es necesario montar es una “economía de guerra” y en esa economía es necesario priorizar aquello que asegura la sobrevivencia porque de lo que se trata aquí es de sobrevivir, y de lograrlo la mayor cantidad de personas posibles, no solo los poderosos de siempre.

Resulta importante dejar claro que la concepción “libertaria” (para mí, neoliberal a secas) no es la única que existe en el pensamiento económico y mucho menos entre los profesores de las universidades colombianas. En varias oportunidades he dicho que defender la intervención del Estado en la economía para construir una economía mixta no significa abrazar el ideario de la estatización de la economía. Ése es uno de los monstruos a los que apelan los neoliberales cuando tratan de presentarnos las disyuntivas entre el “blanco o el negro”.

A tono de propuestas para afrontar la crisis que se viene, sugiero al gobierno del país:

  1. Solicitar al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo la implementación de una línea de créditos de contingencia para contrarrestar tanto el evidente déficit en balanza de pagos (en el caso del FMI) como las necesidades de evitar una inmensa calamidad social (bancos de desarrollo).
  2. Determinación, por parte del Estado, de cuáles son las actividades económicas imprescindibles y asegurar que los trabajadores de aquellas que sigan funcionando cuenten con la protección debida de su salud y sus vidas.
  3. Orientar la reconversión de actividades productivas hacia la producción de implementos para combatir la pandemia.
  4. En caso de resultar necesario, y teniendo en cuenta que estamos en una “economía de guerra” imponer el racionamiento temporal de ciertos bienes imprescindibles, sobre todo de elementos de protección y aseo que ayudan a combatir la crisis.
  5. Reorganizar el presupuesto del Estado para destinar todos los recursos necesarios al combate de la pandemia.
  6. Apropiar los recursos necesarios para asegurar la atención médica de cualquier persona afectada por la crisis, con independencia de si dispone o no de servicios de salud.
  7. Reforzar los medios de atención hospitalaria y de salud, contratando, por cuenta del Estado, a cuanto profesional de la salud esté desempleado con salarios dignos por la inmensa importancia social de la profesión.
  8. Creación de un Fondo de Solidaridad y Contingencias, administrado, paritariamente, por representantes del gobierno, de los gremios, de los sindicatos y de la academia y con veeduría de los entes de control, para paliar los efectos de la crisis en las familias en las que se han perdido todas las fuentes de ingreso.
  9. Prorrogar el pago de las cuotas de créditos de las personas que se han quedado sin trabajo hasta por 60 días. Reprogramación de pagos sin utilizar intereses de mora.
  10. Al Banco de la República, reducir la tasa de interés preferencial y verificar que todo el sistema financiero aplica la reducción correspondiente, penalizando a quien no lo haga.
  11. Otorgamiento de incentivos tributarios a la producción de alimentos, medicinas e implementos médicos y de aseo.
  12. Evitar, a toda costa, que personas inescrupulosas se aprovechen de la situación de crisis para obtener beneficios extraordinarios en las condiciones de un mercado dislocado por el pánico.

No creo que Colombia esté entre los países con un mejor sistema institucional. De hecho, no es un país con instituciones inclusivas y la democracia es imperfecta. Sin embargo, en el caso de que se carezca de la sensibilidad social necesaria para entender que lo que nos hace humanos es la solidaridad con nuestros semejantes y de manera especial con las personas desfavorecidas, es la hora de entender que los intereses privados no están a salvo, si no se asegura el interés general.

Referencias.

Hayek, Friedrich von (1944) Ensayos de persuación. Alianza editorial, Madrid, Edición 2006.

Keynes, John M. (1972) Ensayos de persuación. Fundación ICO, Madrid.

Wapshott, Nicholas (2011) Keynes vs. Hayek. Editorial Deusto, Barcelona

Autor

Nací en La Habana, Cuba, el 1 de abril de 1958. Vivo en Cali, Colombia desde 1989. Estudié Licenciatura en Economía en la Universidad de La Habana e hice mi Doctorado en Economía Internacional y Desarrollo en la Universidad Complutense de Madrid, España. Actualmente soy Profesor Titular del Departamento de Economía y Director del Centro de Estudios sobre la Cuenca del Pacífico de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Pontificia Universidad Javeriana Cali. Desde 1990 trabajo como profesor en la Pontificia Universidad Javeriana de Cali, Colombia, en la que me desempeñado como Director del Departamento de Economía entre 1995 y 2002 y entre 2006 y 2012. En 1989, al llegar a Colombia, fui profesor en la Universidad de San Buenaventura de Cali. Entre 1984 y 1988 trabajé como Investigador de Mercados Internacionales en el Fondo Cubano de Bienes Culturales del Ministerio de Cultura de Cuba y entre 1981 y 1984 fui Investigador del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial de La Habana, Cuba. Mis intereses intelectuales abarcan un amplio espectro de temas que van desde problemas relacionados con la economía política internacional, la historia económica mundial, la historia del pensamiento económico, la política económica y los modelos de desarrollo hasta aquellos relacionados con la cultura y las artes, especialmente, la ópera, el ballet, el cine, el teatro, la literatura y las artes visuales. Este blog estará dedicado a mis temas de interés, así como a la difusión de mis notas de clase para mis cursos en la universidad.

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